lunes, julio 02, 2007

CATALIZAR

Las ciencias sociales y la prensa utilizan cada vez con más frecuencia esta palabra con el sentido de ‘estimular’ o ‘acelerar’ un determinado proceso, como vemos en este texto extraído de un libro de arte:

El Omega Workshop, que seguía de cerca, como reconocía el mismo Fry, el ejemplo contemporáneo del Atelier Martine de Poiret, debía pues catalizar los intereses y las energías creativas de los jóvenes artistas brindándoles la manera de poder expresarse libremente.


Este ejemplo corresponde a un uso de catalizar en sentido figurado, puesto que se trata de un término técnico usado originalmente en química. Los profesionales de esta ciencia, que es la que estudia las sustancias, saben que el desarrollo de una reacción molecular no es instantáneo, sino que la velocidad con que ocurre varía de acuerdo con numerosos parámetros. En muchos casos, es posible aumentar la velocidad de una reacción mediante el añadido de una sustancia que, sin sufrir ningún cambio químico, agiliza la transformación de otras, implicadas en el proceso. Es lo que ocurre en la elaboración del ácido sulfúrico, en la que la transformación del dióxido de azufre en trióxido es acelerada —catalizada— por la presencia, en caliente, del platino o del pentóxido de vanadio. Estos últimos son los catalizadores de la reacción.

Catalizar proviene del griego katálysis (disolución), derivada del verbo katalyein (disolver, desatar), de katá (hacia abajo), partícula procedente del indoeuropeo kat- (abajo) y de lyein (soltar, disgregar), también con origen en el indoeuropeo leu- (aflojar, dividir, cortar).

La palabra fue usada por primera vez en 1836 por el químico sueco Jöns Jacob Berzelius, al observar un factor común en numerosas reacciones químicas: determinadas sustancias permanecían inalteradas durante el proceso de reacción en el que influían, debido a una fuerza que él denominó ‘catalítica’. Berzelius introdujo el término catálisis para denominar las reacciones químicas originadas por la influencia de esas fuerzas. Sin embargo, fue el químico alemán Johann Wolfgang Döbereiner, quien observó en 1823 el primer fenómeno de este tipo al encender hidrógeno por la catálisis de una esponja de platino.