domingo, febrero 27, 2005

LO SABIA TODA CATALUNYA

Reproduzco a continuación un artículo de Pilar Rahola en EL PERIODICO de hoy. No es Pilar Rahola santo de mi devoción, pero en este caso da en la clave. El OASIS es tal vez una CIENAGA. El miedo ha impedido decir en voz alta lo que todos han dicho en voz baja. Hace algunos años, Xavier Cugat, todavía vivía, harto de que siempre le preguntaran por sus relaciones con la Mafia, respondió en el circuito catalan de TVE: "Señorita, si la Mafia americana quiere aprender, que venga a Barcelona". Pues eso.


Pilar Rahola (El Peridico de Catalunya).

Eran los años de la lengua domesticada. Oíamos el runrún en los aledaños del poder, en las redacciones de los diarios, en las cenas con empresarios, especialmente si abundaban los del ramo de la piedra. Algunos, incluso, fuimos asaltados en el puente aéreo, cuando una hora de vuelo asegura una cierta intimidad anónima. "Hagan ustedes algo, esto no se puede aguantar", decía la voz sin nombre, sin desatar la lengua. Era un pesado ruido que acompañó nuestros años de estanque dorado, Catalunya is different, y ahí estábamos, orgullosos de un oasis catalán cuyas aguas eran tan tranquilas, tanto, que siempre me parecieron un barrizal. ¿Oasis? Más bien el silencio de las arenas movedizas, esa calma que no es calma, sino la amenaza de engullirte si te mueves más de la cuenta. Y así fuimos viviendo, oyendo los rumores en las esquinas, ignorando lo que sabíamos porque en realidad, sabiéndolo todo, no sabíamos nada. Espectadores de una época de dominio social del poder, instaurada la cultura de lo "políticamente correcto", donde sólo tocaba preguntar lo que quería el president, fuimos, durante más de dos décadas, una sociedad silenciada. "Toda Barcelona lo sabía", se dijo en el juicio contra Estevill, y esa Barcelona toda, que lo sabía y hasta lo prefería, porque una judicatura corrupta siempre era comprable, llegado el caso, calló hasta la más pura vergüenza. La corrupción, en la Catalunya donde convergían las maravillas patrias, no estaba a debate, y así estuvimos 22 largos años calladitos, que callados éramos más nacionales. Además, ¿quién podía permitirse salir movido en la foto? Los empresarios de la construcción decían estar hartos de que sólo un grupito selecto, amigos de sus amigos, dominara los trabajos públicos. Pero esos mismos que se quejaban en las zonas oscuras de las cenas sociales sudaban por estar entre los elegidos. ¿Significaba ello ser generoso con el partido que gobernaba? Desde que el mundo es mundo, nos decían, los empresarios sabemos que algo cuesta lo que algo vale... Y así, el partido en el poder lograba miles de millones en concepto de donativos anónimos, probablemente porque la Catalunya triste y pobre tenía empresarios que la amaban. O que se amaban tanto, que pagaban. Los hubo, incluso, según decían las lenguas bífidas, que decoraban sus despachos con los cuadros que compraban a la mujer de un excelso y poderoso conseller, no por nada, sino por amor al arte. AHORA QUE el agujero negro del Carmel se ha convertido en un tornado que, barriéndolo todo a su paso, nos devuelve algunas miserias enterradas, ahora nos preguntamos si todo lo que se dice en Catalunya sobre ese 3% de dinero de las obras públicas de años atrás acabó o no influyendo en el grosor de los encofrados, en el número de las catas, en su calidad. Y no es fácil saberlo, porque todo se mueve en la nebulosa de la doble contabilidad, la real, y la que fluye por las esquinas del rumor. Pero lo cierto es que muy pocos empresarios dominaron la obra pública, lo cierto es que reinaba la discrecionalidad en la adjudicación, lo cierto es que algunos consellers fueron muy poderosos, que el mundo empresarial lo sabía, lo explicaba con la boca pequeña y lo callaba con la grande. Y lo cierto es que el volumen de donaciones anónimas que CIU recibió durante esos años fue de una generosidad extraordinaria.
Sólo caben dos posibilidades. Una, que el rumor, que llegó a ser un clamor tan consolidado que formaba parte de la vida social catalana, con sus chistes, sus historias, sus protagonistas, los Lamborghinis que les paseaban, los cuadros que vendían, las fortunas que acumulaban, el rumor de los extrapagos a contratistas en la obra pública, cabe la posibilidad de que no fuera cierto. En ese caso, Catalunya, la Catalunya que todo lo sabe y calla, como sabía lo de Estevill y lo de Piqué Vidal y lo del empresario modelo que acabó en La Modelo, esa Catalunya puede que supiera algo que era falso. Pero entonces, ¿por qué lo susurraban los empresarios? ¿Por qué nos lloraban los que no estaban entre los elegidos? ¿Por qué eran conocidos como el "3%" algunos de los protagonistas de la vida política de entonces? ¿Por qué todos, en el mundo de la empresa, decían que sabían lo que tenían que hacer, si querían construir algo? Puede que fuera mentira, y que durante años la Catalunya que lo sabe todo vivió engañada, con todos los agentes de la historia implicados en una gran y burda patraña. Posibilidad extraña, ciertamente, pero posibilidad al fin. LA OTRA posibilidad es que fuera cierto. Y, entonces, el gran agujero del Carmel se convierte en un gran socavón en el centro mismo de nuestra vergüenza colectiva. Porque lo que ocurrió durante todos esos años, si ocurrió, no fue un estilo de hacer obra, sino un auténtico catecismo de la doble contabilidad, tan perfectamente trabado en nuestra vida colectiva, que formó parte de la normalidad, como la otra que todo buen burgués catalán tenía en las épocas gloriosas de palco en el Liceu. Era tan normal, nos decían, que se convirtió en patrimonio nacional. Y, como además, los inventores de la cosa eran patriotas, todo quedaba en casa. La vergüenza, por tanto, no derivaría de lo que ocurrió, sino sobre todo de su impunidad, y de la necesaria complicidad, por omisión o silencio, de amplias capas de la sociedad catalana.
¿Qué hacer, ahora? Hacer lo que no hacíamos: pasar de la continuidad al cambio de régimen. ¿O no fue un régimen lo que nos gobernó? Y si ello significa soltar las lenguas que estaban atadas, levantar las alfombras que nunca vieron un barrido y cargarse el nuevo Estatut, háganlo. En estos momentos, con el agujero del Carmel en medio de nuestras entrañas, con la credibilidad política por los suelos y con el 3% sobre la mesa, ya sin sordina ni silenciador, no hay nada más urgente. Ni nada nacionalmente más necesario.

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